Alemania aplasta a Curaçao tras un susto que duró un suspiro
Curaçao alcanzó a empatar y a incomodar el relato, pero Alemania respondió con una goleada de autoridad en su debut de fase de grupos del Mundial.

Durante un rato, breve pero real, Curaçao hizo que el partido respirara de otra manera. No era solo el empate: era la sensación de que Alemania, tan dueña del balón y del territorio, había dejado una rendija abierta. En una fase de grupos mundialista, esas rendijas a veces se convierten en abismos. Esta vez no. Esta vez fueron apenas una provocación para despertar a una selección que terminó pasando por encima de su rival con una mezcla de paciencia, filo y voracidad.
Alemania había empezado como se esperaba: instalada arriba, amasando la jugada, obligando a Curaçao a correr detrás de la pelota. El gol de F. Nmecha, temprano, pareció acomodar la tarde en el guion más previsible. Pero el fútbol se resiste a ser una línea recta. L. Comenencia apareció para Curaçao y clavó el empate cuando el partido todavía estaba joven, un golpe seco que no cambió la posesión, pero sí el ánimo. De pronto, cada pase alemán cargaba con una pequeña urgencia.
Ahí se vio la diferencia entre controlar y mandar. Alemania tenía el balón, sí, pero necesitaba convertir ese dominio en daño. Lo hizo antes del descanso, cuando N. Schlotterbeck devolvió la ventaja y K. Havertz, desde el penal, abrió una distancia que ya pesaba más en la cabeza que en el marcador. Curaçao, que había encontrado un instante de rebeldía, se fue al entretiempo con la sensación amarga de haber tocado una posibilidad que se evaporó demasiado pronto.
La segunda parte no ofreció escapatoria. J. Musiala golpeó apenas reanudado el juego y con ese gol cerró la puerta a cualquier fantasía. Alemania ya no tuvo que negociar el partido: lo administró con la pelota y lo castigó con presencia en el área. No fue una goleada construida desde la desesperación, sino desde la insistencia metódica. Veintiséis remates, la mayoría dentro del área, hablan menos de una ráfaga aislada que de una ocupación constante del campo rival. Curaçao defendía cada ataque como podía; Alemania volvía, recogía el rebote, reiniciaba la presión y encontraba otra grieta.
N. Brown agrandó la herida, D. Undav se sumó al castigo y Havertz cerró su noche con otro gol en el tramo final. Para entonces, el partido ya se jugaba en otra dimensión: Alemania movía piezas, refrescaba piernas y mantenía el pulso; Curaçao intentaba sostenerse sin perder la dignidad. Su gol quedará como una pequeña medalla en una noche áspera, porque no todos pueden decir que incomodaron a Alemania en un Mundial, aunque haya sido por un rato.
El 7-1 deja una imagen contundente, quizá más por la reacción que por el volumen. Alemania no se quebró cuando el partido le hizo una pregunta incómoda; la contestó con fútbol, área y goles. Curaçao tuvo su momento. Alemania tuvo la noche. Y cuando una potencia huele sangre tan pronto, el partido deja de ser partido y empieza a parecer sentencia.

