sábado, 1 de agosto de 2026
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Bélgica encuentra aire en un partido de alambre ante Egipto

Egipto golpeó primero con E. Ashour y sostuvo el pulso con carácter, pero un autogol de M. Hany rescató a Bélgica en un debut mundialista tenso y áspero.

Bélgica encuentra aire en un partido de alambre ante Egipto
Bélgica encuentra aire en un partido de alambre ante EgiptoFoto · Agencia LIGAMX

Hubo partidos que empiezan a jugarse antes de que el balón encuentre un dueño. Este fue uno de ellos. Bélgica y Egipto entraron al Mundial con el gesto apretado, como si el grupo ya pesara desde la primera jornada, y en apenas unos minutos el césped se llenó de roces, advertencias y miradas torcidas. Marwan Attia vio la amarilla, Timothy Castagne respondió con la suya casi de inmediato, y el encuentro quedó instalado en esa frontera incómoda donde cada disputa parece traer una segunda jugada escondida.

Egipto entendió mejor ese clima. No necesitó gobernar la pelota para sentirse cómodo; le bastó con morder en las zonas correctas, cerrar caminos y salir con intención. Bélgica tuvo más posesión, movió 455 pases y trató de estirar el campo con paciencia, pero durante un buen tramo esa circulación sonó más a búsqueda que a amenaza. El golpe egipcio, firmado por E. Ashour, no cayó como una sorpresa total: el equipo africano ya había avisado con una presencia constante en el área y una convicción que no dependía del volumen de balón.

A partir de ahí, el partido se volvió una prueba de carácter para Bélgica. Tenía la pelota, sí, pero no la llave. Egipto se arremangó, bloqueó remates, defendió cada envío como si fuera el último y convirtió sus siete córners en pequeños recordatorios de que también podía lastimar. No se replegó como un equipo asustado; se acomodó como uno que acepta sufrir si el sufrimiento tiene sentido. Entre faltas repartidas, interrupciones y amonestaciones, el duelo fue perdiendo brillo y ganando espesor.

Bélgica necesitaba algo más que posesión. Antes de la hora movió el banco, con Castagne y Onana involucrados en los cambios, y después volvió a tocar piezas con De Ketelaere. La insistencia empezó a acumularse. Quince disparos hablan de un equipo que no se resignó, aunque solo tres fueran realmente al arco. Había centros que no encontraban destino, tiros tapados, jugadas que morían en piernas egipcias. Hasta que el empate llegó por una vía cruel para quien había resistido tanto: M. Hany mandó la pelota a su propia red y el partido cambió de temperatura.

El autogol no fue una puerta abierta de par en par, sino una grieta. Bélgica respiró, Egipto se sacudió el golpe y el tramo final quedó suspendido entre la ambición y el miedo a perderlo todo. Maxim De Cuyper vio la amarilla, Egipto agitó su banquillo con Salah y M. Ziko como nombres del movimiento, y más tarde Bélgica recurrió a De Bruyne y Doku cuando el reloj ya empezaba a mandar. Nadie encontró el último pase, nadie terminó de quebrar el empate. Los arqueros tuvieron trabajo, las defensas también, y cada equipo se llevó una parte de la razón.

Para Bélgica, el punto tiene algo de rescate y algo de advertencia: dominó tramos largos, pero no sometió. Para Egipto, queda la sensación áspera de haber tenido una victoria entre las manos y verla escaparse por un accidente propio. El Mundial no siempre concede entradas triunfales; a veces entrega noches de barro, cicatrices tempranas y una certeza simple: en la primera fecha, sobrevivir también cuenta.

Redaccion LIGAMX.com
Redacción en LIGAMX.com.