sábado, 1 de agosto de 2026
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Brasil se mira en el espejo marroquí y no encuentra salida

Marruecos golpeó primero con I. Saibari, Brasil respondió con Vinicius Junior y el empate terminó retratando un debut de grupo tenso, parejo y sin dueño claro.

Brasil se mira en el espejo marroquí y no encuentra salida
Brasil se mira en el espejo marroquí y no encuentra salidaFoto · Agencia LIGAMX

El partido empezó con esa incomodidad que no se ve en el marcador, pero se siente en cada pase que llega medio segundo tarde. Brasil tenía la pelota apenas un poco más, lo justo para no soltar el volante, pero Marruecos no fue al debut mundialista a mirar camisetas ni a pedir permiso. Se plantó cerca, mordió cuando pudo y obligó a la selección brasileña a jugar con el retrovisor encendido.

La primera herida la abrió I. Saibari. No fue un accidente ni un rayo aislado en una noche tranquila: Marruecos ya había conseguido que el juego se jugara en una cornisa, con los dos equipos discutiendo cada metro y con Brasil lejos de esa comodidad que suele convertir la posesión en amenaza. El 0-1 cayó como una piedra en el agua. Hizo ruido y dejó ondas. De pronto, el equipo sudamericano tuvo que apurar la respiración.

Ahí apareció Vinicius Junior, que en estos escenarios no necesita demasiado para cambiar el clima. Su gol, antes del descanso, no borró las dudas, pero sí le devolvió a Brasil algo más importante que el empate: la sensación de que todavía podía mandar. Fue un golpe de talento en medio de un tramo espeso, una respuesta rápida cuando el partido amenazaba con torcerse demasiado pronto.

Pero el empate no calmó a Brasil. Lo delató la fricción. Casemiro vio la amarilla, luego Roger Ibañez también, y el cierre del primer tiempo tuvo más tensión que claridad. Marruecos entendió que podía competir de igual a igual, no solo resistir. Esa fue la noticia. La otra, igual de incómoda para Brasil, fue que la pelota no le alcanzaba para gobernar. Sus 514 pases hablaron de intención; los 486 de Marruecos, de una conversación sin complejos. La diferencia fue mínima, casi simbólica, como ese 51% de posesión brasileña que jamás se sintió como dominio absoluto.

El descanso trajo retoques para Brasil y, más tarde, nuevas piezas: Lucas Paquetá, I. Thiago y Bruno Guimarães aparecieron en la búsqueda de una llave que no terminaba de entrar. Marruecos también movió su banco con B. Díaz, A. Ounahi, N. Mazraoui y B. El Khannouss, sin romper su estructura ni entregar el partido a la pura resistencia. No se encerró de forma cobarde. Defendió, sí, pero también salió. Terminó incluso con más remates que Brasil, una pequeña gran señal de lo que fue la tarde: nadie vivió cómodo.

Brasil cargó más dentro del área, con nueve intentos nacidos cerca del lugar donde duelen los partidos. Marruecos mezcló caminos, probó también desde fuera y obligó a trabajar al guardameta brasileño. Del otro lado, el arquero marroquí sostuvo cuatro veces lo que su equipo había construido con orden y paciencia. Los números esperados del gol quedaron tan parejos que parecían escritos para explicar el empate después de haberlo visto: ninguno hizo lo suficiente para reclamar la victoria como propiedad privada.

El tramo final fue de nervio, piernas frescas y decisiones apretadas. Brasil empujó con el peso de su nombre; Marruecos respondió con la serenidad de quien ya había cruzado la puerta del partido y se sabía capaz de quedarse dentro. No hubo rendición ni asalto definitivo. Hubo un 1-1 con filo, de esos que no incendian una Copa del Mundo, pero sí dejan una advertencia temprana.

Brasil quiso imponer jerarquía. Marruecos le contestó con carácter. Y el grupo empezó con una verdad incómoda: el escudo pesa, pero ya no juega solo.

Redaccion LIGAMX.com
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