Canadá empuja hasta encontrar a Larin y rescata un punto ante Bosnia
Bosnia & Herzegovina golpeó primero con Lukic y resistió buena parte del partido, pero Canadá cargó el área hasta que Cyle Larin firmó el 1-1 en el cierre.

A Canadá le tocó jugar contra el reloj demasiado pronto. No porque el partido se le hubiera ido de las manos, sino porque Bosnia & Herzegovina encontró una grieta, la aprovechó y obligó a los norteamericanos a vivir casi una hora con esa incomodidad que no aparece en las estadísticas: tener la pelota, empujar, mirar el área rival y sentir que el gol está siempre un pase más lejos.
El debut de ambos en la fase de grupos del Mundial tuvo ese aire áspero de los partidos que todavía no se sueltan. Canadá quiso mandar desde la posesión, instalarse arriba, acumular llegadas. Bosnia aceptó otro papel: menos balón, más vigilancia, más contacto, más paciencia para esperar su momento. Y el momento llegó temprano, cuando J. Lukic puso el 0-1 y cambió la temperatura de la tarde.
Desde ahí, el partido empezó a jugarse en dos planos. Canadá tenía la iniciativa, pero Bosnia tenía el marcador. Esa diferencia pesa. Los canadienses encontraron esquinas, centros, rebotes, hasta nueve tiros de esquina que fueron alimentando la sensación de asedio. Muchas veces llegaron al área, donde nacieron diez de sus trece remates, pero no siempre con la claridad que exige un Mundial. Bosnia, mientras tanto, iba cortando el ritmo como podía. No fue una resistencia limpia: las amarillas antes del descanso a Jovo Lukić y Ermedin Demirović dejaron claro que el partido se estaba cargando de fricción.
Canadá tampoco caminó libre de raspones. Alistair Johnston había sido amonestado muy pronto y Luc De Fougerolles también quedó condicionado en el complemento. Era un duelo de nervios, de piernas fuertes, de ataques que chocaban con cuerpos. Bosnia defendía el resultado con una mezcla de orden y supervivencia; Canadá empezaba a entender que no bastaba con tener el balón el 61% del tiempo si la jugada final no terminaba de aparecer.
Entonces llegó el movimiento del banquillo canadiense. En el 61 entraron L. Millar, J. David y T. Buchanan, una sacudida triple para cambiarle el pulso al equipo. No fue magia inmediata, pero sí una señal: Canadá ya no quería administrar, quería morder. Bosnia respondió con cambios propios, intentando refrescar una estructura que empezaba a hundirse unos metros más de lo recomendable.
El empate cayó cuando la insistencia ya no era una idea sino una obligación. Cyle Larin apareció en el minuto 78 y puso el 1-1 que Canadá venía persiguiendo desde hacía demasiado. No fue un gol aislado; fue la consecuencia de una presión acumulada, de una tarde empujada a base de centros, segundas jugadas y terquedad. El grito canadiense tuvo algo de alivio, como si el equipo hubiera conseguido arrancarse una piedra del pecho.
Bosnia todavía tuvo que apretar los dientes. Nikola Katić vio amarilla al final, otra marca de un cierre que se jugó al límite. Canadá incluso hizo entrar a S. Eustaquio en el 90, ya con el partido convertido en una cuerda tensa. Nadie terminó de romperla.
El 1-1 deja a ambos con algo y con preguntas. Bosnia se llevó el premio de haber sabido golpear y sufrir; Canadá, la certeza de que puede levantarse cuando el partido se le tuerce. En una Copa del Mundo, a veces el primer punto no se gana: se rescata con las uñas.

