Chivas rescató el pulso en una noche que Pumas casi se lleva con nada
Guadalajara empujó hasta el final, chocó contra Keylor Navas y encontró en Armando González el doble golpe para firmar un 2-2 cargado de tensión ante Pumas.

A veces el futbol se parece a una puerta cerrada a patadas. Chivas pasó buena parte de la noche golpeándola con insistencia, con rabia, con ese punto de ansiedad que convierte cada rebote en promesa y cada atajada en castigo. Del otro lado, Pumas sobrevivía con poco balón, pocas llegadas y una ventaja que parecía demasiado grande para el partido que se estaba jugando.
El guion tuvo algo de provocación. Guadalajara mandaba desde la pelota, la amasaba, la movía, la llevaba de un costado al otro, pero Pumas encontró el camino más corto: aparecer, lastimar y replegarse. Uriel Antuna puso a los universitarios al frente y el golpe pesó porque no nació de un dominio sostenido, sino de esa precisión que suele doler más. Chivas siguió encima, aunque ya con el gesto torcido. La amarilla a Roberto Alvarado reflejó parte de esa tensión, la de un equipo que tenía la iniciativa pero no la calma.
Antes del descanso, el partido se ensució y se incendió a la vez. Pedro Vite vio tarjeta, Luis Romo y Nathan Silva también entraron en ese tramo áspero, y en medio del ruido llegó el segundo de Pumas, un autogol de J. Castillo que dejó a los locales mirando un marcador cruel. No era una noche de control universitario, pero sí de eficacia. Con apenas un puñado de ataques, Pumas había puesto el juego donde quería: lejos del brillo, cerca del sufrimiento ajeno.
Chivas movió piezas al volver del vestidor. No había misterio: tocaba cargar el área, acelerar la circulación y aceptar el riesgo. La pelota fue casi siempre rojiblanca. Setenta por ciento de posesión no cuenta una historia completa, pero en este caso sí dibuja el mapa del partido: Guadalajara instalado en campo rival, Pumas encerrado, el reloj corriendo como enemigo de unos y aliado de otros. Los 28 remates locales fueron una mezcla de insistencia y desesperación; los diez disparos que Keylor Navas sacó o controló explican por qué el empate tardó tanto en asomarse.
Navas también se metió en la temperatura del juego con una amarilla en el complemento, parte de una noche en la que Pumas terminó acumulando tarjetas como quien acumula minutos de resistencia. Cada despeje valía. Cada falta servía para respirar. Cada interrupción enfriaba a un Guadalajara que no dejaba de volver.
El descuento de Armando González cambió el aire. No solo por el gol, sino por lo que activó alrededor: la sensación de que Chivas había encontrado por fin una grieta en una pared que llevaba demasiado tiempo resistiendo. Desde ahí, el partido se jugó con la vista puesta en el área universitaria. Pumas ajustó, cambió piernas, se aferró a su ventaja mínima. Chivas mandó más gente, empujó con lo que tenía y con lo que le quedaba.
El cierre fue puro nervio. Diego Campillo vio amarilla, Pumas terminó rodeado de amonestaciones y el VAR le abrió a Guadalajara la última puerta. Penalti confirmado sobre la acción de Roberto Alvarado, reclamos, ansiedad, tres tarjetas universitarias en el mismo incendio y Armando González frente a la pelota. El delantero no la desperdició. Su segundo gol no arregló todos los problemas de Chivas, pero sí salvó una noche que se le estaba escapando por entre los dedos.
Pumas se fue con la sensación amarga de haber tenido el botín completo a un paso. Chivas, con el alivio de quien no ganó, pero se negó a perder. Y eso, en partidos así, también deja marca: hay empates que no se celebran, se sobreviven.
