Corea del Sur se niega al golpe y voltea a Chequia
Chequia pegó primero en el segundo tiempo, pero Corea del Sur sostuvo la pelota, ajustó desde el banco y encontró en Hwang In-Beom y Oh Hyeon-Gyu una remontada de carácter.

Durante ocho minutos, Chequia tuvo el partido en la mano. No lo abrazó, lo apretó. Había pasado casi una hora de resistencia, de correr detrás de una Corea del Sur paciente, de cerrar caminos y esperar el instante justo para hacer daño. Ese instante llegó con L. Krejci, que puso a los checos por delante y cambió el aire del partido: de pronto, la posesión coreana pesaba menos que el golpe recibido.
La escena era incómoda para Corea del Sur. Había tenido la pelota durante largos tramos, la había movido con una precisión alta, casi obstinada, y aun así miraba el marcador desde abajo. Es una trampa vieja del Mundial: dominar no siempre alcanza, tocar no siempre hiere. Corea acumulaba pases, rondaba el área, probaba desde dentro y desde fuera, pero Chequia se sostenía con un orden áspero, de esos que no buscan gustar sino sobrevivir.
Entonces el partido entró en la zona donde los entrenadores también juegan. Corea movió primero con Lee Jae-Sung; Chequia respondió con una sacudida triple desde el banco, metiendo piernas y nombres pesados para proteger y amenazar. La ventaja checa, sin embargo, no alcanzó a enfriarse. Hwang In-Beom encontró el empate y con ese gol no solo corrigió el marcador: le devolvió sentido a todo lo que Corea venía construyendo.
Ahí cambió la temperatura. La entrada de Son Heung-Min, junto con Lee Tae-Seok, terminó de empujar a Corea hacia adelante, no con desesperación sino con una insistencia cada vez más afilada. El equipo asiático ya no parecía estar preguntando si podía ganar; empezó a jugar como si el gol fuera cuestión de tiempo. Había volumen, sí, pero también presencia: diez remates dentro del área hablan de una selección que no se conformó con rodear el problema, sino que se metió en él.
Chequia no se entregó. Tuvo sus llegadas, obligó al guardameta coreano a intervenir y mantuvo el partido en una tensión real, de esas en las que cualquier pelota parada puede arruinar una noche entera. Pero la carga física y emocional de defender tanto campo se fue notando. La falta repetida, el duelo trabado, el despeje como recurso: todo eso empezó a sonar a equipo que intenta cerrar una puerta con el viento en contra.
Y al minuto 80 apareció Oh Hyeon-Gyu. No fue un premio decorativo ni un accidente aislado. Fue la consecuencia de una selección que siguió creyendo en su plan incluso después del golpe. Corea había producido más, había obligado al arquero checo a trabajar más, había sostenido la pelota con una claridad que terminó por erosionar la resistencia rival. El segundo gol cayó con esa sensación de justicia que en el fútbol nunca está garantizada, pero a veces se abre paso a empujones.
El tramo final fue de nervio, no de lucimiento. Corea administró cambios, Chequia buscó una última reacción y el partido se cerró con una amarilla para Gi-Hyuk Lee, pequeña señal de que ya no quedaba margen para la elegancia. En un debut de grupo, ganar así vale más que una tarde cómoda: enseña carácter, mide el pulso y recuerda que el Mundial rara vez premia a quien solo juega bonito.
Corea del Sur empezó herida, se recompuso sin perder la cabeza y terminó de pie. En una Copa del Mundo, eso también es una forma de autoridad.

