Cruz Azul muerde la final en una noche rota para Pumas
Pumas tuvo la ventaja y el pulso de la final, pero Cruz Azul insistió hasta quebrar el partido: un autogol abrió la puerta y Rotondi la cerró en el 90.

La final se le fue a Pumas como se escapa una moneda entre los dedos: primero parecía tenerla apretada, luego empezó a resbalar, y al final solo quedó el ruido seco de la pérdida. Durante media hora, el equipo universitario jugó con la tensión a su favor, con esa energía de quien entiende que una final no se explica, se pelea. No necesitó un dominio aplastante para tomar la delantera. Le bastó encontrar a R. Morales, que puso el 1-0 y encendió el partido desde el minuto 31.
A partir de ahí, el encuentro cambió de temperatura. Cruz Azul no se desordenó. Tampoco se lanzó a lo loco, que suele ser la trampa de los equipos heridos en una final. Ajustó pronto, movió el banco con J. Paradela antes del descanso y empezó a empujar con una insistencia que no siempre fue limpia, pero sí constante. La Máquina tuvo más pelota, apenas un poco más, y sobre todo más llegada: seis remates a portería obligaron a Pumas a vivir demasiado cerca de su arquero.
Pumas, mientras tanto, empezó a partirse entre la intención de sostener la ventaja y la necesidad de no meterse demasiado atrás. Sus ataques se fueron llenando de piernas rivales: remató, sí, pero la mitad de sus intentos terminó bloqueada, como si cada camino tuviera una puerta cerrada. La amarilla a Rodrigo López antes del descanso dejó una pista del partido que venía: menos juego, más nervio; menos claridad, más roce.
El empate no llegó como una obra de precisión, sino como esas jugadas que en una final pesan el doble porque no se pueden borrar. R. Duarte acabó metiendo el balón en su propia portería al 54, y el 1-1 le cambió el alma a la noche. Para Cruz Azul fue oxígeno; para Pumas, una grieta. Y en las finales, una grieta puede volverse derrumbe si el rival sabe mirar por ahí.
Los universitarios buscaron respuestas desde el banco, con A. Carrasquilla primero y más movimientos después, pero el partido ya tenía otro pulso. Cruz Azul encontraba espacios para volver a cargar, sin necesidad de avasallar. Pumas resistía con lo que tenía, sostenido por cinco atajadas y por una defensa que muchas veces no despejaba la jugada, sino el miedo.
Entonces llegó el minuto 90 y la final se rompió. Ángel Rico vio la roja. Uriel Antuna también, con intervención del VAR para elevar la sanción. Dos expulsiones en el mismo tramo, dos golpes a una estructura que ya venía agrietada. En ese caos, Cruz Azul olió sangre. C. Rotondi apareció para firmar el 1-2 y convertir la insistencia en sentencia.
No fue una final de márgenes enormes. Fue una final de detalles con filo: un gol que ilusionó, un autogol que abrió la puerta, una recta final que castigó el descontrol. Cruz Azul no ganó porque la noche fuera cómoda; ganó porque supo quedarse de pie cuando el partido pedía cabeza fría. Pumas tuvo la final en las manos, pero Cruz Azul fue quien supo cerrarlas.
