Cruz Azul se atasca ante un Tijuana que resistió el asedio
Cruz Azul tuvo la pelota, las llegadas y el control territorial, pero Club Tijuana encontró un golpe preciso y sostuvo el 1-1 con oficio.

El partido empezó con una promesa y terminó con una pregunta incómoda. Cruz Azul tuvo la tarde en la mano muy pronto, como si el trámite estuviera dispuesto a obedecerle, pero el futbol suele castigar a quien confunde dominio con sentencia. Frente a un Club Tijuana que aceptó vivir largos tramos sin la pelota, el equipo local empujó, tocó, cargó el área y volvió a intentarlo. Le faltó el golpe que separa la insistencia del alivio.
La ventaja llegó desde el punto penal, con G. Fernández encargado de darle forma a ese arranque de autoridad. Era temprano, apenas el minuto 17, y el escenario parecía abrirse para Cruz Azul: posesión alta, pases acumulados, juego instalado en campo rival. Tijuana, además, cargó pronto con la amarilla de Rafael Fernández, una de esas señales que pueden empujar a un equipo hacia la prudencia. Pero el visitante no se deshizo. Aguantó el primer golpe y respondió con una precisión que cambió el pulso del partido.
M. El Ghezouani apareció para firmar el empate y, de pronto, la noche dejó de ser cómoda. Tijuana no necesitó demasiadas llegadas para hacer daño. Sus cuatro remates en todo el encuentro explican un plan más de resistencia que de abundancia, pero también una virtud: no desperdiciar la ventana cuando se abre. Cruz Azul, en cambio, vivió en el otro extremo. Remató 18 veces, seis al arco, mitad desde dentro y mitad desde fuera del área, como quien busca la grieta por todos los caminos posibles y solo encuentra una pared que no termina de caer.
Ahí estuvo el verdadero nudo del partido. La pelota fue casi siempre celeste: 66% de posesión, 519 pases, una circulación que por momentos encerró a Tijuana cerca de su portería. Pero la posesión, cuando no rompe, también puede volverse una jaula. Cruz Azul tuvo paciencia y ansiedad en dosis parecidas. Cada ataque que no terminaba en gol hacía crecer al rival, y cada atajada visitante —fueron cinco— iba escribiendo otra historia, menos vistosa pero igual de valiosa para quien resiste lejos de casa.
El descanso llegó con Erik Lira amonestado y con una tensión que ya no abandonó el campo. En la segunda parte, Cruz Azul movió piezas: entraron recursos frescos, aparecieron A. Palavecino, A. Montaño, J. Márquez y O. Campos en distintos momentos, buscando cambiar el ritmo de un partido que se había vuelto terco. Tijuana también tocó su banco, incluso retiró al autor del empate, y fue acomodándose a una pelea más física, más de duelos, más de despejar y respirar.
El cierre tuvo esa electricidad de los partidos que no se resignan. Willer Ditta y Ángel Zapata vieron amarilla sobre el final, detalle de un tramo con nervio, con piernas cargadas y paciencia gastada. Cruz Azul siguió empujando, pero no logró convertir su producción —esa que incluso los goles esperados colocaron muy por encima del único tanto— en la diferencia que buscaba. Tijuana, con menos pelota y menos volumen, encontró el modo de que el reloj jugara de su lado.
No fue un empate vacío. Fue un choque entre la posesión y la supervivencia, entre el equipo que acumuló méritos y el que supo administrarlos en contra. Cruz Azul se quedó con la sensación de haber hecho casi todo; Tijuana, con un punto arrancado a pulso. Y en esa distancia mínima, a veces cruel, vive el futbol: no gana siempre quien más insiste, sino quien mejor sobrevive a la tormenta.
