Diallo abrió la puerta cuando Ecuador ya tocaba el punto
Costa de Marfil caminó al filo de la ansiedad, sobrevivió a sus propias amarillas y encontró en A. Diallo el gol del 1-0 ante Ecuador en el minuto 90.

El partido parecía condenado a quedarse atrapado en ese territorio incómodo donde nadie termina de mandar y todos temen equivocarse. Ecuador acariciaba un punto trabajado, hecho de orden, paciencia y una posesión apenas superior que le permitía respirar. Costa de Marfil, en cambio, jugaba contra dos rivales: el bloque ecuatoriano y su propia urgencia. Hasta que A. Diallo apareció en el minuto 90 y partió la tarde en dos.
No fue una victoria limpia desde el inicio, ni una de esas funciones en las que el ganador impone autoridad sin manchas. Costa de Marfil tuvo que atravesar un primer tiempo espeso, cargado de faltas, roces y tarjetas que le fueron poniendo peso en los tobillos. Seko Fofana, Franck Kessié y Guéla Doué quedaron amonestados antes del descanso, una señal clara de que el partido se estaba jugando con el pulso demasiado alto. Había tensión en cada disputa, una sensación de cuerda estirada.
Ecuador entendió pronto que no necesitaba correr detrás de cada pelota para hacer daño. Movió el balón con criterio, completó mucho de lo que intentó y encontró ratos de calma en un duelo que se calentaba por tramos. Pero le faltó colmillo en el último metro. La estadística que mejor cuenta su noche no es la posesión ni los pases, sino ese único disparo a portería que dejó demasiado solo a su plan. Llegaba, rondaba, insistía desde fuera y desde dentro, pero casi nunca obligaba al golpe decisivo.
Costa de Marfil tampoco vivía en la abundancia, aunque sí cargaba con más veneno. Sus 15 remates hablaron de una insistencia que no siempre fue clara, pero sí constante. Probó desde el área, probó de lejos, chocó contra piernas rivales y contra un arquero que tuvo que intervenir tres veces. El gol esperado le favorecía por poco más de medio tanto, pero el fútbol no se gana con decimales: se gana encontrando una grieta cuando el reloj ya empieza a cerrar la puerta.
Los banquillos intentaron mover el aire. Costa de Marfil agitó primero con B. Toure y E. Wahi; Ecuador respondió con A. Minda, J. Yeboah y A. Franco, buscando energía para no quedar hundido. Más tarde aparecieron nombres de peso en los cambios, incluido E. Valencia para los ecuatorianos y N. Pepe para los marfileños. El partido entró entonces en esa zona donde el cansancio desordena las vigilancias y cualquier pelota suelta parece una sentencia en potencia.
La amarilla a Jackson Porozo fue otro aviso de que Ecuador también empezaba a defender con el cuerpo más que con la cabeza. Ya no había tanta salida limpia ni tanta comodidad. Costa de Marfil, aun sin monopolizar la pelota, empujaba con una fe áspera, de esas que no necesitan belleza para ser peligrosas. El empate sin goles iba tomando forma de negocio para unos y de castigo para otros.
Y entonces llegó Diallo. No hizo falta adornar la jugada ni convertirla en mito: fue el golpe que separa a los equipos que insisten de los que sobreviven. Un gol normal, dice el acta, pero nada tuvo de normal para una Costa de Marfil que había gastado la tarde buscando una rendija. Ecuador se quedó con la frustración de haber competido, de haber tenido balón, de haber estado cerca del premio menor. Costa de Marfil se llevó algo más grande: una victoria de estreno mundialista arrancada en el último suspiro.
Hay partidos que se explican con dominio. Este se explicó con terquedad. Y cuando el tiempo se acababa, la terquedad vestía de naranja.

