España encontró a Merino al borde del abismo
España sostuvo la pelota, Bélgica sostuvo el partido y Mikel Merino rompió la tensión en el 88 para meter a la Roja en semifinales del Mundial.

Durante largos tramos pareció que España jugaba contra una pared y contra el reloj. La pelota iba y venía con esa paciencia que a veces hipnotiza y a veces desespera, mientras Bélgica se cerraba, mordía, chocaba y esperaba una rendija. No era una noche para la belleza fácil. Era un cuarto de final del Mundial, de esos que se juegan con la cabeza caliente y el pulso helado.
España quiso mandar desde la posesión, no desde el golpe. Acumuló pases, juntó gente por dentro, buscó el área con insistencia y obligó al arquero belga a trabajar más de lo que cualquier plan defensivo recomienda. La cifra explica el paisaje sin necesidad de adornarlo: la Roja tuvo el balón casi siete de cada diez minutos y terminó con 17 remates. Pero el dominio, en estos partidos, no garantiza calma. Al contrario: cuanto más se encierra el rival, más pesa cada ocasión que no entra.
Fabián Ruiz abrió una puerta a la media hora y por un momento España respiró como quien cree haber descifrado el partido. El gol premiaba una superioridad evidente, aunque no liquidaba nada. Bélgica, que apenas había podido salir, encontró vida antes del descanso con Charles De Ketelaere. Un golpe seco, de esos que cambian el ruido de un estadio aunque no sepamos el nombre de sus gradas. En dos acciones quedó escrita la tensión: España había hecho más, Bélgica seguía de pie.
El empate alteró el pulso. La amarilla a Pau Cubarsí poco después del gol belga recordó que también había un partido de nervios, no solo de pizarrón. España siguió tocando, sí, pero ya no lo hacía desde la comodidad del control absoluto, sino desde la obligación. Bélgica aceptó su papel sin complejos: cinco disparos en toda la noche, apenas dos a portería, pero suficientes para mantener la amenaza como una sombra detrás de cada pérdida española.
Los banquillos intentaron mover el aire. España agitó piezas pronto en la segunda parte; Bélgica respondió con cambios casi en bloque alrededor de la hora, buscando piernas frescas para resistir y alguna salida para estirar el campo. El encuentro se fue cerrando en una dinámica áspera. Faltas, duelos, interrupciones. Kevin De Bruyne vio la amarilla en el tramo final y salió enseguida; el partido ya estaba entrando en esa zona donde no se juega tanto como se sobrevive.
Y entonces apareció Mikel Merino. No fue un trueno anunciado, sino una irrupción en el minuto 88, cuando el cansancio vuelve más grandes los huecos y más pesadas las decisiones. Su gol no solo puso a España por delante: liberó toda la angustia acumulada por una selección que había insistido hasta convertir la paciencia en premio. Bélgica, que había defendido con uñas y oficio, ya no tuvo tiempo para rehacer el milagro.
El cierre fue de dientes apretados. Amarillas para Aymeric Laporte y Axel Witsel en el 90, el partido convertido en una pelea por cada despeje, por cada segundo, por cada metro. España no ganó caminando, ni necesitaba hacerlo. Ganó porque tuvo la pelota, la idea y, sobre todo, la fe suficiente para seguir empujando cuando el empate amenazaba con tragárselo todo.
En los cuartos del Mundial no siempre avanza quien brilla más; a veces avanza quien sabe esperar su última bala y no tiembla al dispararla.

