España encontró una rendija y dejó a Uruguay sin respuesta
Un gol de A. Baena antes del descanso bastó para que España venciera 1-0 a Uruguay en la fase de grupos del Mundial, en una noche de control, tensión y cierre caliente.

El partido se jugó muchas veces en la cabeza de Uruguay antes de encontrar un camino hacia el arco. Cada recuperación celeste parecía promesa y cada promesa se estrellaba contra una línea española bien plantada, paciente, casi fría. España no necesitó arrollar para mandar. Le bastó con quitarle aire al rival, esconderle la pelota y esperar la grieta.
Durante buena parte de la noche, la escena fue esa: Uruguay persiguiendo sombras y España tocando con una serenidad que desespera. El 67% de posesión no fue un adorno, fue el clima del partido. La pelota viajaba de un lado a otro con seguridad, sin prisa, como si el equipo español entendiera que en una tercera jornada de fase de grupos también se gana administrando nervios. Más de seiscientos pases construyeron una jaula. Uruguay, obligado a correr detrás, fue acumulando faltas, protestas, offsides, señales de ansiedad.
El golpe llegó justo antes del descanso, cuando los partidos suelen pedir concentración y piernas firmes. A. Baena apareció para convertir la única pelota española que fue al arco en el momento que más dolía. No fue una avalancha ni una colección de ocasiones. Fue precisión. España había pisado más el área, había empujado a Uruguay hacia atrás con seis tiros y seis córners, pero el gol tuvo más de bisturí que de martillo: una herida pequeña, suficiente para cambiarlo todo.
Uruguay salió del entretiempo como sale un equipo que sabe que se le está escapando la noche. Movió piezas pronto, agitó el banco, buscó respuestas con M. Ugarte, F. Muslera, F. Valverde y J. Sanabria como parte de una sacudida que intentaba romper el ritmo español. Pero el problema no era solo de nombres. Era de distancia. La Celeste apenas pudo fabricar cinco remates, solo uno con dirección real de gol, y cada ataque cargaba el peso de la urgencia. El fuera de juego la mordió cinco veces, como si hasta la línea defensiva de España jugara con reloj propio.
Baena, protagonista completo de la noche, también probó el otro filo del partido: vio la amarilla apenas reanudado el juego y más tarde dejó su lugar. España refrescó la mitad de la cancha con Pedri y M. Merino, y luego echó mano de Lamine Yamal y M. Oyarzabal para sostener la amenaza y no quedar encerrada en su ventaja. No fue un cierre de fuegos artificiales, sino de oficio. Con la pelota cuando podía, con la falta cuando hacía falta, con el reloj convertido en aliado.
A Uruguay le fue ganando la impotencia. Primero las amarillas de J. Sanabria y G. Varela, después la de N. de la Cruz ya en el tramo final, y finalmente la roja a A. Canobbio en el minuto noventa, una imagen dura para una selección que terminó más cerca del enojo que del empate. España tampoco jugó una noche limpia de roces: el partido tuvo 28 faltas repartidas en partes iguales, señal de que nadie salió intacto del choque.
La diferencia estuvo en la calma. España tuvo el balón y la paciencia; Uruguay tuvo la necesidad y no encontró la claridad. En los Mundiales también hay victorias así, de una sola puñalada y mucho pulso. Esta vez, España no gritó más fuerte: simplemente supo cuándo hablar.

