Ghana encontró en el último suspiro lo que Panamá había negado
En un partido cerrado hasta la asfixia, Ghana golpeó al minuto 90 con C. Yirenkyi y arrancó la fase de grupos del Mundial con una victoria mínima ante Panamá.

Durante casi toda la noche, el partido pareció una puerta cerrada con llave. Panamá tenía la pelota, la movía con paciencia, juntaba pases y ocupaba campo rival; Ghana esperaba, medía, corría detrás de la jugada y se sostenía en esa fe discreta que no siempre se ve en las estadísticas. El Mundial también se juega así: con nervio, con cálculo, con el miedo a perder pesando más que el deseo de soltarse.
Ghana había dejado una señal temprana de incomodidad con la amarilla a C. Yirenkyi antes de que el primer cuarto de hora terminara. No era todavía una historia escrita, apenas un aviso de lo áspero que iba a ser el trámite. Panamá, con más balón y mejor circulación, encontró la manera de hacer largo el partido para su rival. No lo rompió. Lo administró. Y ahí, en esa diferencia, se fue incubando la tensión.
Porque dominar no siempre alcanza. Panamá tuvo más posesión, más pases, más presencia, pero no consiguió convertir ese control en una herida profunda. Ghana, con apenas el 36% de la pelota, vivió durante largos tramos en una economía extrema: pocas apariciones, mucho repliegue, demasiadas carreras hacia atrás y la necesidad de no equivocarse. Su partido fue de paciencia obligada, de resistir sin romperse, de esperar una grieta aunque no hubiera señales de que iba a aparecer.
El segundo tiempo empezó con movimiento en Ghana y después llegaron más piezas frescas, como si el equipo entendiera que para sobrevivir no bastaba con aguantar. E. Nuamah y K. Sulemana entraron antes del tramo final, Panamá respondió con C. Waterman y C. Martínez, y el tablero empezó a llenarse de ajustes. No cambió de golpe el paisaje, pero sí el pulso. Cada pérdida pesaba más. Cada balón dividido tenía algo de sentencia.
Panamá también fue entrando en la zona donde las decisiones se vuelven más duras. La amarilla a C. Blackman, los cambios posteriores y la aparición de J. Rodríguez dibujaron a un equipo que seguía buscando, aunque sin encontrar el golpe que justificara su dominio. Ghana, mientras tanto, apretaba los dientes. No había abundancia ofensiva ni fluidez sostenida. Había una oportunidad posible, quizá una sola. Y en un partido así, una sola puede ser todo.
La paradoja llegó al minuto 90, con el mismo Yirenkyi que había sido amonestado al comienzo. El futbol, caprichoso como es, le guardó el cierre. Ghana encontró el gol cuando el empate ya parecía aceptado por el reloj y tolerado por el trámite. Fue un golpe seco, tardío, de esos que no piden permiso ni explicación. Panamá recibió además una amarilla a C. Harvey en el descuento emocional de la jugada, cuando el partido ya se le escapaba de las manos.
No fue una victoria de volumen ni de brillo. Fue una victoria de supervivencia, de mantenerse de pie hasta que apareciera el instante. Ghana arrancó la fase de grupos con tres puntos que pesan más por la forma que por el marcador: porque resistió el dominio ajeno, porque convirtió casi de la nada y porque encontró en el último aliento lo que el partido le había negado durante noventa minutos. En los Mundiales, a veces la gloria no llega corriendo; llega tarde, manchada de sudor, y entra igual.

