Japón le arranca a Países Bajos un empate que dolió tarde
Países Bajos tuvo la pelota, el territorio y dos ventajas en el segundo tiempo, pero Japón resistió el golpe y encontró en Daichi Kamada el 2-2 al final.

Hay partidos que parecen bajo control hasta que dejan de estarlo. Países Bajos caminó durante largos tramos con esa seguridad de quien cree tener el mapa en la mano: posesión alta, pases limpios, ataques metidos en el área y una defensa que empujaba al equipo hacia adelante. Pero Japón no necesitó mandar para estar vivo. Le bastó esperar, morder cuando tocaba y guardar una última palabra para el momento en que la tarde ya parecía naranja.
El empate 2-2 tuvo ese sabor incómodo para Países Bajos: no fue una caída, pero sí una advertencia. En un debut mundialista, el control no siempre alcanza. El equipo neerlandés tuvo el 60% de la pelota y la movió con una precisión que explicaba su dominio territorial. No probó desde lejos ni una vez; todo lo buscó por dentro, como si quisiera entrar con la jugada hasta la cocina. Esa insistencia tuvo premio cuando Van Dijk apareció después del descanso y abrió una grieta en un partido que hasta entonces había vivido más de tensiones que de golpes.
Japón, sin embargo, no se deshizo. Respondió con la calma de los equipos que no se asustan por ir detrás. K. Nakamura igualó poco después y convirtió el partido en otra cosa: ya no era el monólogo paciente de Países Bajos, sino un duelo de golpes más cortos, más nerviosos, más expuestos. Crysencio Summerville encarnó como pocos esa montaña rusa. Vio la amarilla y, apenas unos minutos más tarde, marcó el 2-1 que devolvió a los neerlandeses una ventaja que parecía abrirles la puerta de la victoria.
Desde ahí, el partido entró en una zona áspera. Países Bajos movió el banco con D. Malen, T. Reijnders, R. Gravenberch y C. Gakpo entre los nombres que aparecieron en la segunda parte, buscando piernas frescas y algo de orden para cerrar la noche. Japón también agitó la suya: D. Maeda primero; luego T. Watanabe, R. Doan y T. Kubo; más tarde A. Ueda. No fueron cambios decorativos. Fueron señales de un equipo que seguía creyendo en el empate aunque el reloj empezara a encogerle el campo.
La diferencia estuvo en la fe y en la puntería. Japón remató lo mismo que Países Bajos, diez veces, pero con menos pelota y menos tiempo instalado en campo rival. Cuando logró mirar de frente al arco, hizo daño. Daichi Kamada lo confirmó cerca del final, con el gol que enfrió a los neerlandeses y premió a una selección japonesa que nunca confundió paciencia con resignación.
El cierre dejó otra postal del nervio: Memphis Depay amonestado, Micky van de Ven también, Países Bajos corriendo detrás de un partido que había tenido en el bolsillo. Japón terminó sin tarjetas, con menos balón y con un punto enorme por la manera en que lo rescató.
Países Bajos quiso gobernar el partido; Japón le recordó que en un Mundial también cuentan los que saben sobrevivir.

