México abre el Mundial con pulso firme y cabeza fría
México venció 2-0 a South Africa en el arranque de la fase de grupos, en un partido que controló temprano y que terminó marcado por las expulsiones.

El primer partido de un Mundial siempre trae una pregunta escondida: si el equipo va a cargar con el peso de la escena o si va a jugar como si el ruido no existiera. México eligió lo segundo. No salió a tantear el terreno ni a pedir permiso. Salió a poner la pelota bajo la suela, a mover a South Africa de lado a lado y a convertir la ansiedad del debut en una herramienta.
El gol tempranero de J. Quinones le cambió el pulso a la tarde. Llegó antes de que el partido encontrara una rutina y, desde ahí, México jugó con una ventaja que no solo estaba en el marcador. Estaba en la postura. Con la pelota durante largos tramos, con pases limpios y una circulación que rara vez se ensució, el equipo mexicano fue construyendo una superioridad paciente. No avasalló a golpes de furia; apretó con método.
South Africa quedó atrapada en un partido incómodo. Cada recuperación parecía exigirle demasiado campo por delante y cada pérdida la obligaba a volver a correr hacia atrás. Su producción ofensiva fue mínima, casi una amenaza lejana: apenas un puñado de remates y muy poca presencia real en el área mexicana. México, en cambio, acumuló llegadas, probó desde dentro y desde fuera, y obligó a que el juego se disputara casi siempre donde más le convenía.
La fricción empezó a contar su propia historia. Teboho Mokoena vio amarilla temprano, Brian Gutiérrez también entró en el libro, y el duelo fue tomando ese filo de partido de grupo en el que cada choque parece tener una consecuencia mayor. El quiebre llegó al inicio del segundo tiempo, cuando Siphephelo Sithole fue expulsado. Con un hombre menos, South Africa ya no solo tenía que resistir a México: tenía que resistir al reloj, al cansancio y a su propio desorden.
México no se desesperó. Esa fue quizá su mejor noticia. Con ventaja numérica y el control del balón, evitó convertir la posesión en adorno. Siguió empujando hasta que R. Jimenez encontró el segundo, un golpe que cerró la puerta que South Africa apenas mantenía entreabierta. A partir de ahí, el partido dejó de parecer una persecución y empezó a parecer una administración: México tocaba, elegía cuándo acelerar y cuándo dormir la jugada; South Africa intentaba no partirse del todo.
Pero el cierre se ensució. Nkosinathi Sibisi recibió amarilla, el VAR intervino para revisar una acción de Themba Zwane y la tarjeta terminó elevada a roja. South Africa terminó con nueve, consumida por un partido que se le escapó de las manos mucho antes del silbatazo final. México también perdió a César Montes en el último tramo, una mancha innecesaria en una noche que hasta entonces había sido de control y oficio.
El 2-0 no cuenta una paliza, cuenta una toma de mando. México fue más claro, más frío y más dueño de la pelota cuando el debut pedía nervio templado. En un Mundial, empezar ganando no garantiza nada, pero cambia la respiración. Y México salió de la primera noche con algo valioso: no solo ganó el partido, lo gobernó.

