Mazatlán se quedó a tres minutos de tumbar a Cruz Azul
Un gol de J. Ovalle encendió la noche en el puerto, pero G. Fernández rescató para Cruz Azul un empate que se cocinó entre presión, atajadas y resistencia.

Hay empates que no se sienten iguales para nadie. En Mazatlán, el 1-1 no fue una línea tibia en la tabla, sino una pequeña herida para el local y un alivio tardío para Cruz Azul. Durante casi todo el segundo tiempo, el partido vivió colgado de una pregunta: cuánto podía aguantar un equipo con menos balón, menos territorio y una ventaja mínima que parecía cada vez más pesada.
Mazatlán entendió pronto que la noche no iba a premiar la posesión sino la precisión. Cruz Azul tomó la pelota, la movió con paciencia y acumuló pases hasta instalar el juego lejos de su arco. Tuvo el 65% de la posesión y la sensación de mando, pero mandar no siempre es gobernar. El equipo local, con apenas el 35%, encontró otra forma de discutir el partido: esperar, morder cuando tocaba y pisar el área con intención. No fue un Mazatlán decorativo. De sus once remates, nueve fueron dentro del área, una cifra que cuenta mejor que cualquier discurso la claridad con la que eligió sus golpes.
El partido se quebró apenas volvió del descanso. J. Ovalle apareció al 48 y cambió el aire de la noche. El gol no convirtió a Mazatlán en dueño del juego, pero sí en dueño de la ansiedad ajena. Cruz Azul tuvo que acelerar sin perder orden, y ahí empezó otro encuentro: el de la visita empujando y el local defendiendo una ventaja que cada minuto parecía más grande y más frágil.
Cruz Azul movió el banco pronto, primero con A. Montaño y después con J. Márquez y J. Rodarte, buscando otra manera de entrar. La presión creció con tiros desde fuera, centros, rebotes y córners que fueron arrinconando a Mazatlán. Hubo 22 disparos visitantes, aunque muchos terminaron bloqueados o lejos del daño real. Cuando la pelota sí fue al arco, el portero local sostuvo la historia con cinco atajadas que explican por qué el empate tardó tanto en llegar.
El pulso también se ensució. José Paradela y Agustín Palavecino vieron amarilla en Cruz Azul; Brian Rubio y Sebastián Santos, en Mazatlán. No fue un partido roto, pero sí uno de esos en los que cada contacto empieza a pesar más que el anterior. Mazatlán respondió con cambios en cadena, metiendo piernas frescas con Dudu, movimientos que involucraron a J. Ovalle, B. Rubio, M. Zaleta y L. Merolla. El mensaje era evidente sin necesidad de gritarlo: cerrar caminos, sostener el resultado, sobrevivir.
Pero sobrevivir contra un equipo que insiste tanto exige una precisión casi cruel. Al 87, G. Fernández encontró el gol que Cruz Azul llevaba persiguiendo desde hacía rato. No fue un premio al brillo, sino a la terquedad. Después entró O. Campos y ya no quedaba demasiado partido, solo ese tramo final en el que Mazatlán miró lo que se le escapaba y Cruz Azul respiró como quien evita una caída en el último escalón.
El puerto tuvo la victoria en la mano, pero el fútbol no perdona los cierres mal amarrados: a veces tres minutos pesan más que toda una noche.
