Necaxa resistió casi todo, pero Tigres le arrancó el empate al final
Badaloni puso a Necaxa a soñar con un triunfo de oficio, pero Tigres empujó con volumen y encontró el 1-1 en el minuto 90 con A. Correa.

Necaxa jugó como quien aprende a vivir con poco. Poca pelota, pocos viajes largos, casi ningún respiro. Tigres la tuvo durante una noche entera, la movió de lado a lado, la puso en el área una y otra vez, y aun así el partido se le fue llenando de una incomodidad creciente: esa sensación de estar cerca sin terminar de llegar.
El 1-1 no nació de un duelo abierto, sino de una tensión. Tigres quiso gobernar desde la posesión, con esa paciencia que a veces parece control y otras veces se vuelve un laberinto. Necaxa aceptó el papel incómodo. Se juntó, cerró caminos, metió la pierna cuando tocaba y eligió sus salidas como se elige una bala en la recámara. No había abundancia, pero sí intención.
Por eso el golpe de T. Badaloni tuvo tanto peso. No fue el producto de una avalancha ni de un dominio sostenido. Fue una aparición, una de esas jugadas que premian al equipo que sabe esperar sin romperse. Con apenas un par de disparos a puerta en toda la noche, Necaxa encontró el gol que le cambió el pulso al partido y obligó a Tigres a jugar contra algo más que un rival: contra el reloj, contra la ansiedad, contra la obligación de no salir vacío.
La respuesta visitante fue de insistencia, no de fantasía. Tigres acumuló tiros, cargó el área, ganó esquinas hasta convertirlas en rutina y obligó al arquero local a trabajar más de una vez. La cifra que mejor contó el partido no fue solo la posesión abrumadora, sino la manera en que Necaxa tuvo que defender cada metro como si fuera el último. Doce córners para Tigres y ninguno para Necaxa hablan de territorio, pero no siempre el territorio alcanza para mandar en el marcador.
El descanso trajo ajustes. Tigres movió pronto la banca y siguió metiendo gente fresca para ensanchar el campo, acelerar los ataques y romper una defensa que se había acostumbrado a sufrir. Necaxa también cambió piezas, más por necesidad de sostener el esfuerzo que por ambición de estirar la ventaja. El partido se volvió áspero, con faltas que cortaban el ritmo y tarjetas que empezaron a contar la temperatura. Danny Leyva ya había sido amonestado antes del entretiempo; más tarde, Ricardo Monreal y Rodrigo Aguirre también quedaron marcados en una noche cada vez más pesada.
A Necaxa le faltaba poco. Muy poco. Esa es la crueldad de los partidos defendidos con los dientes: el margen se achica hasta volverse un suspiro. Cada despeje parecía medio triunfo, cada ataque de Tigres una amenaza repetida. La pelota volvía, siempre volvía. Y cuando el reloj ya rozaba el final, A. Correa encontró el empate que Tigres había perseguido con terquedad.
No fue un premio limpio ni un castigo total. Fue fútbol de Clausura, apretado, nervioso, con un equipo que casi gana desde la resistencia y otro que se salvó desde la insistencia. Necaxa acarició una noche enorme; Tigres le quitó la foto en el último parpadeo.
