Pépé abre y cierra el camino de Costa de Marfil ante Curaçao
Costa de Marfil manejó la tercera jornada del grupo con paciencia y colmillo: golpeó temprano, resistió el intento de Curaçao y encontró en Nicolas Pépé la firma del 0-2.

El partido empezó con esa clase de golpe que no solo mueve el marcador, también cambia la temperatura de una noche. Curaçao apenas buscaba instalarse en la tercera jornada de la fase de grupos del Mundial cuando Nicolas Pépé apareció para poner a Costa de Marfil por delante. Fue temprano, demasiado temprano para quien necesita creer que el plan todavía está intacto. Desde el minuto siete, el juego dejó de ser una espera y se convirtió en una persecución.
Costa de Marfil jugó con la comodidad de quien tiene ventaja y oficio para administrarla. No se lanzó a arrollar, no convirtió el partido en una avalancha. Prefirió gobernarlo con la pelota, hacerla circular, obligar a Curaçao a correr detrás de cada pase. La posesión marfileña pesó porque no fue decorativa: le quitó ansiedad al equipo que ganaba y se la fue cargando al que necesitaba reaccionar. En una noche así, 624 pases no son una cifra fría; son una forma de apagar incendios antes de que aparezcan.
Curaçao, aun así, no se rindió al guion. Con menos balón, encontró momentos para avanzar, para probar desde fuera y para pisar el área cuando pudo. Terminó con más remates totales que su rival, pero esa estadística cuenta una verdad incompleta: solo dos llegaron realmente a destino. Le faltó filo. Le faltó esa precisión que convierte una llegada en amenaza y una amenaza en partido nuevo. Costa de Marfil, más económica, fue más peligrosa cuando eligió acelerar.
La amarilla de Pépé antes del descanso agregó una pequeña sombra a su actuación, un recordatorio de que el control nunca es absoluto. En el entretiempo, Costa de Marfil movió una pieza con Amad Diallo, y el partido volvió con la misma pregunta: si Curaçao podía convertir su insistencia en una grieta real o si la ventaja marfileña crecería con el paso de los minutos. La respuesta tardó, pero llegó con nombre repetido.
A los 64, Pépé volvió a golpear. No hizo falta una colección de oportunidades ni un dominio furioso del área. Hizo falta eficacia. Tres remates a puerta bastaron para que Costa de Marfil encontrara dos goles, una proporción que explica mejor el partido que cualquier discurso. Curaçao había trabajado, había empujado, había intentado ensanchar la cancha; Costa de Marfil había esperado el instante adecuado para cerrar la puerta.
Después del segundo tanto, el encuentro perdió aire de duda y ganó tensión de trámite. Llegaron los cambios, las piernas frescas, las faltas necesarias y las tarjetas de Juninho Bacuna y Gervane Kastaneer como marcas de una frustración que ya no encontraba salida limpia. Curaçao buscó hasta el final con Jürgen Locadia y Joshua Brenet entrando al cierre, pero el partido ya estaba escrito en una tinta difícil de borrar.
Costa de Marfil no necesitó una noche brillante para ganar una noche importante. Le alcanzó con ser seria, paciente y contundente. Curaçao tuvo voluntad; Pépé tuvo el colmillo. Y en el Mundial, muchas veces, esa es toda la distancia.

