Pachuca aprendió a sufrir y pegó primero ante Pumas
Un gol de O. Idrissi sostuvo a Pachuca en una semifinal áspera, cerrada y con tensión hasta el final, después de la expulsión de Eduardo Bauermann.

Hay partidos que no se abren: se raspan. Pachuca y Pumas jugaron una semifinal de esas en las que cada metro parece tener dueño, cada pelota dividida trae un mensaje y cada ataque necesita atravesar una pared de piernas, nervios y cálculo. No fue una noche de fuegos artificiales. Fue una noche de oficio, de paciencia y de miedo bien administrado.
Pachuca entendió antes que el partido pedía insistencia más que belleza. No monopolizó la pelota, porque Pumas también quiso tocar, ordenar y enfriar cuando pudo, pero sí encontró una forma de incomodar. Cargó el área con centros, acumuló tiros, buscó desde lejos cuando no había rendija por dentro y obligó al rival a vivir demasiado tiempo mirando hacia su propio arco. Los nueve tiros de esquina de los Tuzos cuentan menos como estadística que como síntoma: Pachuca empujó, arrinconó por tramos y fue sembrando la sensación de que algo podía romperse.
Se rompió antes del descanso. O. Idrissi apareció en el minuto 37 para convertir la tensión en ventaja, para darle a Pachuca ese gol que cambia el pulso de una eliminatoria. No fue un golpe que liquidara nada, pero sí uno que obligó a Pumas a salir de su zona más cómoda. Hasta entonces, el partido se había movido entre la cautela y la fricción; después del gol, tuvo una dirección más clara. Pachuca podía proteger una renta mínima. Pumas tenía que discutirla.
El problema para los universitarios fue que la reacción nunca terminó de tomar cuerpo. Tuvieron más posesión, circularon con precisión y no regalaron la pelota, pero el dominio sin filo suele convertirse en una forma elegante de desesperación. Apenas una llegada a portería retrató la dificultad de Pumas para transformar pase en peligro real. La pelota viajaba, sí, pero rara vez hería. Y cuando un equipo persigue un gol que no encuentra, el partido empieza a ensuciarse por dentro.
Ahí aparecieron las amarillas. Robert Morales, Álvaro Angulo y Jordan Carrillo fueron quedando marcados en un tramo en el que Pumas necesitaba acelerar, pero también debía medir cada cruce. Las sustituciones buscaron aire, piernas, otra lectura. Pachuca también movió el banco, administró energías y cerró espacios. El partido dejó de parecer una búsqueda y empezó a parecer una resistencia.
Porque ganar 1-0 en una semifinal no consiste solo en hacer un gol. Consiste en sobrevivir a todo lo que viene después. Pachuca tuvo que hacerlo con el reloj apretando y, encima, con un golpe final de dramatismo: la revisión del VAR que terminó en la tarjeta roja para Eduardo Bauermann cerca del cierre. De pronto, la ventaja ya no era solo corta; era frágil. Cada despeje pesaba más. Cada segundo tardaba más en caer.
Pumas empujó desde la urgencia, pero no encontró la jugada que cambiara el relato. Pachuca, con diez, se aferró a su ventaja como se aferran los equipos que entienden que las semifinales no siempre se ganan jugando mejor durante noventa minutos, sino resistiendo el minuto que más duele.
El 1-0 deja a Pachuca con ventaja y a Pumas con vida, pero también con una advertencia. En este tipo de noches, el que pega primero no solo anota: instala una sombra. Y Pachuca ya la puso sobre la serie.
