Paraguay resiste con diez y castiga a Türkiye en una noche de asedio
Un gol tempranero de M. Galarza y una resistencia feroz tras la expulsión de Almiron le dieron a Paraguay un triunfo de enorme carácter ante una Türkiye que atacó toda la noche.

El partido empezó como un golpe en la mesa y terminó como una trinchera. Paraguay apenas había entrado en calor cuando M. Galarza encontró el camino al gol, antes de que Türkiye pudiera acomodar la respiración. Fue un inicio torcido para unos y perfecto para otros: un 0-1 tan temprano que cambió el idioma de la noche. Desde ahí, el encuentro dejó de ser una discusión abierta y se convirtió en una persecución.
Galarza pasó de héroe a advertido en cuestión de minutos, con una amarilla que ya insinuaba el tipo de partido que venía: áspero, incómodo, de piernas fuertes y nervios al límite. Paraguay aceptó rápido su papel. No iba a seducir con la pelota ni a mandar desde la posesión. Iba a juntar líneas, a cerrar pasillos, a despejar lo que quemara y a vivir con el marcador apretado contra el pecho.
Türkiye tomó el balón con una autoridad casi total. Lo movió, lo circuló, lo llevó de un lado al otro y lo metió una y otra vez cerca del área rival. La posesión fue turca hasta rozar el monopolio, pero el dominio no siempre tiene dientes. Hubo centros, rebotes, disparos bloqueados, intentos desde dentro y desde fuera. Hubo doce saques de esquina y una sensación insistente de que el empate estaba a punto de caer. No cayó.
La expulsión de Almiron al filo del descanso pareció abrir una puerta enorme para Türkiye. Con un hombre más, el partido pedía paciencia y precisión; también pedía colmillo. Paraguay, en cambio, se encerró todavía más, como si la roja no lo hubiera debilitado sino convencido de que ya no había nada que negociar. Al regreso, los cambios llegaron pronto: I. Pitta entró para Paraguay, K. Akturkoglu para Türkiye. El banco turco siguió moviéndose después, con I. Yuksek, Y. Akgun, F. Kadioglu y A. Bardakci, buscando aire, amplitud, una llave distinta.
El reloj, sin embargo, jugaba para el equipo que menos tenía la pelota. Türkiye acumuló 32 remates, pero solo cinco obligaron al arquero a trabajar de verdad. Paraguay no necesitó más que resistir y elegir bien cada pausa. Su portero sostuvo cinco veces el resultado, y delante de él cada bloqueo tuvo valor de gol. La estadística dirá que Türkiye generó mucho más, que el partido vivió casi entero en campo paraguayo, que el cálculo de ocasiones favoreció al que se fue vacío. El fútbol, a veces, se ríe de esa lógica.
La frustración fue subiendo de tono. V. Montella vio amarilla desde la zona técnica y E. Elmali también quedó amonestado, señales de una ansiedad que ya no cabía solo en el césped. Paraguay respondió con cambios tardíos, metiendo piernas frescas para arañar segundos y sostener una ventaja mínima que pesaba como una montaña.
No fue una victoria amplia ni limpia en el sentido estético. Fue algo más antiguo: un equipo defendiendo una ventaja temprana con diez hombres, contra una avalancha de pases, tiros y córners. Türkiye lo intentó todo y se quedó frente a una pared. Paraguay marcó una vez y después convirtió la resistencia en oficio. En una Copa del Mundo, también se gana así: con el gol en el bolsillo y el corazón embarrado.

