Paraguay resistió a Alemania y la tumbó desde el punto penal
Alemania tuvo la pelota, los tiros y la noche inclinada hacia su área rival. Paraguay tuvo paciencia, resistencia y la sangre fría para sobrevivir hasta los penales.

La pelota fue alemana durante casi toda la noche, pero el partido nunca terminó de pertenecerle. Ese fue el nudo de una eliminatoria áspera, de esas que van cerrando la garganta con cada centro rechazado y cada ataque que muere en una pierna rival. Alemania empujó como empujan los equipos que se sienten obligados a mandar: con pases, con gente por dentro, con dieciséis córners que parecieron una colección de oportunidades incompletas. Paraguay, en cambio, jugó con el reloj en la cabeza y el área como refugio.
La primera herida la abrió Julio Enciso antes del descanso. No fue un golpe cualquiera: llegó en ese minuto en el que los equipos empiezan a pensar en el vestuario y cualquier distracción pesa el doble. Alemania, que ya había monopolizado la posesión, se encontró de pronto persiguiendo algo más incómodo que la pelota: el resultado. El descanso obligó a mover piezas, y la entrada de Felix Nmecha marcó el tono de una reacción que no podía esperar demasiado.
El empate de Kai Havertz, al inicio del segundo tiempo, pareció devolver el partido a su cauce lógico. Alemania acumulaba pases con una precisión alta, rondaba el área, probaba por dentro y por fuera, y convertía cada pérdida paraguaya en una invitación al asedio. Pero la lógica en un Mundial rara vez firma los documentos. Paraguay resistió con poco balón y mucha trinchera; su arquero tuvo trabajo de verdad, seis atajadas que sostuvieron una noche que amenazaba con quebrarse en cualquier centro.
A medida que avanzaban los minutos, el partido dejó de ser limpio. No por mala fe, sino por tensión. Cubas vio amarilla, los bancos se calentaron y el cansancio empezó a ensuciar controles, entradas y decisiones. Alemania disparó mucho, veintiuna veces en total, aunque no siempre con claridad. Paraguay atacó bastante menos, pero nunca dio la sensación de estar muerto. Esa fue su virtud: no necesitó dominar para seguir dentro.
La prórroga tuvo una escena que pudo cambiarlo todo. Jonathan Tah celebró lo que parecía el gol de la liberación alemana, pero el VAR encontró una falta y le quitó el grito. Ahí el partido se partió emocionalmente. Nagelsmann y Alfaro fueron amonestados casi al mismo tiempo, Havertz también cayó en la libreta y el duelo entró en esa zona en la que ya no se juega tanto como se sobrevive. Alemania siguió metiendo nombres: Wirtz, Rüdiger, Sané antes, Pavlovic, Undav. Paraguay también agotó recursos, con Almirón, Cáceres, Bobadilla y Alonso como piezas de una resistencia al límite.
Y entonces llegaron los penales, donde el peso de la noche cambió de dueño a cada disparo. Havertz, que había rescatado a Alemania en el tiempo regular, falló desde el punto. Kimmich y Musiala sostuvieron la esperanza; Woltemade la golpeó; Amiri la levantó otra vez; Tah, el mismo del gol anulado, volvió a quedar atrapado en la crueldad del margen. Paraguay también tembló, con los errores de Sanabria y Balbuena, pero encontró acierto en Mauricio, Gómez, Galarza y, al final, Canale.
Alemania tuvo el control, el volumen y casi todas las preguntas. Paraguay tuvo la respuesta que más duele: aguantar hasta que el favorito empezara a dudar. En una noche de posesión alemana y corazón guaraní, la pelota no eligió al que más la tuvo, sino al que mejor soportó su ausencia.

