Pumas se negó al derrumbe y le dio vuelta a Juárez
Pumas pasó del golpe al vendaval: perdía por dos ante FC Juárez, aprovechó la expulsión de Eder Lopez y firmó una remontada de carácter en el Clausura.

Hay partidos que parecen escritos para la desesperación. Pumas tenía la pelota, la movía de lado a lado, la metía una y otra vez al área, pero el marcador le contestaba con una crueldad seca: FC Juárez pegaba poco y pegaba fuerte. Durante un buen tramo, la noche fue eso, una contradicción incómoda para el local, dueño del balón y rehén del resultado.
Juárez entendió pronto que no necesitaba discutir la posesión para hacer daño. Aceptó vivir lejos de la pelota, cerró espacios y esperó su momento. Ya había recibido una amarilla temprana Ettson Ayón, señal de que el partido se jugaría con filo, cuando F. J. Nevarez Pulgarin abrió la herida. El golpe no cambió el mapa: Pumas siguió empujando, siguió acumulando llegadas, siguió rondando el área. Pero al borde del descanso apareció J. M. Torres Ramirez I. y el 0-2 dejó al local mirando un abismo que no correspondía del todo con lo que pasaba en el campo.
La estadística, a veces fría, aquí tenía pulso: Pumas terminó con 26 remates y 19 dentro del área. No era dominio decorativo. Era insistencia, ansiedad, una puerta golpeada demasiadas veces. La diferencia estaba en que Juárez había convertido sus avisos en daño real, mientras el local todavía buscaba una grieta. El descanso llegó con una pregunta pesada: si tanto control servía de algo cuando el rival ya tenía dos goles en la bolsa.
La respuesta empezó a cocinarse con cambios y con un episodio que torció el partido. Juninho entró al volver del vestidor y, más tarde, A. Medina apareció como parte de la sacudida. Luego el VAR llamó, revisó y la amarilla de Eder Lopez se convirtió en roja. Juárez quedó con diez y el partido, que ya venía inclinado territorialmente, se volcó de manera definitiva hacia su área. No fue un detalle menor: fue el candado saltando de la puerta.
Pumas necesitaba convertir el asedio en marcador, y el VAR volvió a entrar en escena para confirmar un penal sobre Robert Morales. G. Martinez tomó la pelota y no negoció con la presión: descontó. Cuatro minutos después, el mismo Martinez igualó y lo que antes era angustia se volvió una persecución feroz. Juárez, con uno menos, intentó enfriar el juego con ajustes y faltas, pero cada despeje parecía regresar más rápido, cada pausa duraba menos. Las amarillas fueron cayendo como síntomas de un equipo obligado a resistir con lo que tuviera.
El tramo final ya no perteneció a la paciencia sino al colmillo. Robert Morales, que había sido el origen del penal, encontró su premio con el tercero. Y cuando Juárez todavía trataba de entender cómo se le había escapado una ventaja tan grande, Morales volvió a aparecer en el tiempo final para poner el cuarto y cerrar la remontada. Pumas no solo había volteado un 0-2: había transformado una noche torcida en una declaración de carácter.
No fue una victoria limpia ni serena. Fue una de esas que se arrancan desde el borde, con el orgullo raspado y el área rival convertida en territorio de caza. Pumas cayó dos veces, se levantó cuatro.
