Querétaro le roba a Cruz Azul una tarde que parecía controlada
Cruz Azul mandó casi todo el partido, pero un autogol de J. Márquez cambió el pulso y le dio a Querétaro un empate de resistencia en la jornada 16 del Clausura.

El partido parecía tener dueño antes de aprender a respirar. Cruz Azul había entrado con esa autoridad de equipo que no pide permiso: pelota al pie, campo inclinado y la sensación de que Querétaro iba a pasar la tarde persiguiendo sombras. Hasta la primera amarilla, tempranera, a Gonzalo Piovi sonó más a aviso que a grieta. Poco después, J. Márquez puso arriba a la visita y todo tomó el color de una tarde ordenada, casi previsible.
Pero el futbol tiene una forma cruel de burlarse de los guiones demasiado limpios. Querétaro no tenía la pelota, tampoco encontraba caminos claros hacia el área rival, pero se sostuvo en el partido desde el roce, desde la incomodidad, desde esa resistencia que no siempre luce pero molesta. Sus ataques nacían lejos, demasiadas veces desde fuera del área, como si el arco estuviera a una distancia mayor que la real. Aun así, el 0-1 nunca terminó de cerrar la puerta.
La primera mitad fue endureciéndose. Tarjetas, interrupciones, reclamos contenidos y una tensión que creció hasta el descanso. Ahí, justo cuando Cruz Azul parecía irse al vestidor con el control y la ventaja, apareció el golpe que nadie dibuja en la pizarra: Márquez, el mismo que había adelantado a la Máquina, terminó empujando la historia hacia el otro lado con un autogol. Querétaro, con muy poco en ataque, encontró vida donde menos se esperaba. No fue una construcción; fue una aparición. Y bastó.
A partir de ahí, el empate se convirtió en un partido distinto. Cruz Azul cargó con el peso de quien sabe que dejó escapar algo. Tuvo la pelota durante largos tramos, la movió con paciencia y acumuló llegadas, muchas dentro del área, muchas repelidas antes de hacer daño definitivo. Sus 20 remates hablan menos de volumen que de ansiedad: cada intento parecía buscar no solo el gol, sino borrar el accidente que había torcido la tarde.
Querétaro aceptó el papel que le tocó. Defendió bajo, cortó cuando tuvo que cortar y se aferró a cada despeje como si fuera una jugada de ataque. Solo una vez obligó al arquero rival a intervenir, una cifra que retrata su escasez ofensiva, pero también el tamaño del botín que estaba protegiendo. El equipo local no ganó terreno; ganó tiempo. Y en noches así, el reloj también juega.
Cruz Azul movió el banco, agitó piezas, buscó piernas frescas y nuevas rutas. Entraron alternativas, cambió nombres, insistió por fuera y por dentro. Querétaro también tocó su equipo, más por supervivencia que por ambición. Cada minuto que pasaba le convenía al local y le pesaba a la visita. La estadística invisible del partido era esa: la desesperación creciendo de un lado y la fe endureciéndose del otro.
El empate deja lecturas incómodas. Para Cruz Azul, porque un duelo que dominó en posesión, territorio y ocasiones terminó escapándose por una jugada propia. Para Querétaro, porque rescató un punto con más carácter que fútbol, con más aguante que claridad. El 1-1 no premió al que más propuso ni castigó del todo al que menos atacó. Simplemente recordó una vieja ley del juego: cuando perdonas, el partido encuentra la forma de cobrártelo.
A veces el empate no se firma; se arranca con las uñas.
