Santos encuentra aire en la frontera y castiga a Tijuana al final
Tijuana jugó con diez, se levantó con orgullo y creyó rescatar la noche, pero Santos Laguna tuvo más filo y encontró el 1-2 en el cierre.

La frontera tuvo esa clase de partido que parece romperse varias veces antes de romperse de verdad. Tijuana llevó la pelota, la empujó de un lado a otro, quiso mandar desde la posesión y terminó atrapado en una noche que le pidió algo más que control: le pidió colmillo, precisión y piernas para sobrevivir al último golpe. Santos Laguna no necesitó sentirse dueño del trámite para parecer más peligroso. Cada vez que llegó, llegó con veneno.
El primer tiempo dejó una tensión contenida, como si los dos equipos estuvieran tanteando el terreno antes de animarse a cruzar una línea. Tijuana movía más, pero no siempre encontraba claridad. Santos, con menos balón, fue acumulando señales de amenaza hasta convertir el área local en una zona incómoda. La diferencia no estaba en la cantidad de tiempo con la pelota, sino en lo que cada uno hacía cuando el partido abría una rendija.
Tras el descanso, el local buscó agitar el tablero con el ingreso de M. El Ghezouani. La respuesta, sin embargo, la dio Santos. E. Bullaude apareció para poner a los laguneros arriba y cambiarle el pulso a la noche. El gol le cayó pesado a Tijuana, y más pesado aún fue lo que vino después: la roja a Jackson Porozo dejó al equipo de casa con diez, obligado a perseguir el partido con una mano menos y el reloj encima.
Ahí la crónica pudo haberse ido por el camino fácil: un visitante administrando, un local golpeado, el duelo apagándose de a poco. Pero Tijuana se negó a desaparecer. Vinieron movimientos desde la banca, entraron F. Boya y A. Preciado, y el equipo encontró una respuesta de carácter. No fue una avalancha limpia, fue una insistencia áspera, con centros, rebotes, duelos y una grada que entendió que la inferioridad numérica también podía ser una causa. A. Gomez hizo el empate y por un momento el estadio respiró distinto. Con diez, Tijuana había vuelto.
El problema fue que Santos nunca dejó de mirar el arco. Sus nueve disparos a puerta cuentan menos como cifra que como sensación: cada ataque parecía exigir una intervención, cada llegada traía una alarma. El portero local sostuvo lo que pudo, obligado una y otra vez, mientras su equipo intentaba convertir la posesión en algo más que territorio. Tijuana terminó con más pelota y con más remates totales, pero apenas tres fueron entre los postes. Santos, en cambio, pisó el área con una frecuencia que fue desgastando la resistencia.
El cierre tuvo drama de frontera. El VAR le quitó un gol a Lucas Di Yorio cuando el partido ya entraba en su zona más nerviosa, y esa clase de golpe suele desinflar al que lo sufre. Santos no se cayó. Movió piezas, apretó los dientes y volvió a cargar. Entonces apareció J. A. Ocejo Zazueta para marcar el 1-2 y devolverle al visitante lo que había perseguido toda la noche: el premio a su filo.
Tijuana se quedó con la rabia de haber competido aun en desventaja, de haber encontrado un empate que parecía épico y de verlo escaparse cuando ya no había margen. Santos se llevó una victoria trabajada, no por mandar más, sino por herir mejor. En partidos así, la pelota puede ser de uno; la noche, del que sabe morderla.
