Senegal no perdonó a un Iraq partido demasiado pronto
Senegal encontró el golpe inicial, jugó con ventaja numérica desde muy temprano y convirtió el partido ante Iraq en una tarde de dominio total en la fase de grupos de la Copa del Mundo.

Hay partidos que no se abren: se quiebran. A Iraq se le partió el suyo casi antes de acomodarse, con un gol de H. Diarra que empujó a Senegal hacia adelante y con una expulsión de R. Sulaka que le dejó la cuesta convertida en pared. Desde ahí, el duelo tuvo una tensión desigual: un equipo con campo, pelota y tiempo; el otro obligado a achicar espacios, resistir golpes y mirar demasiado lejos la portería contraria.
Senegal no necesitó atropellar desde el ruido. Le bastó con mandar. Con el 69% de posesión, circuló la pelota con una paciencia que fue desgastando a Iraq, moviéndolo de lado a lado hasta encontrar huecos. No fue un dominio decorativo: fueron 28 remates, 17 dentro del área, 12 tiros de esquina. Cada ataque llevaba una pregunta nueva y cada despeje iraquí parecía comprar apenas unos segundos de aire.
El primer tiempo dejó una sensación clara: Iraq seguía de pie, pero jugaba al borde. La amarilla a A. Seck recordó que Senegal también debía cuidar sus impulsos, aunque el control pertenecía a los africanos. Iraq intentó recomponerse con cambios, primero con A. Qasem y luego con A. Basil al descanso, pero la estructura ya estaba herida. Con diez futbolistas, salir era una aventura; quedarse atrás, una invitación al castigo.
El segundo golpe llegó con I. Sarr y ahí el partido cambió de temperatura. Lo que antes era asedio pasó a ser derrumbe. Senegal, además, movió el banco de inmediato, como quien administra una ventaja pero no renuncia al hambre. En ese tramo apareció P. Gueye para transformar la superioridad en sentencia: primero castigó cuando Iraq aún intentaba entender el nuevo escenario, y más tarde volvió a aparecer para darle forma de goleada a una tarde que ya no admitía discusión.
Iraq hizo lo que pudo con lo que le quedó. Sus cambios de A. Jasim, A. Al Hamadi y Z. Iqbal buscaron piernas, quizá una salida, quizá una manera de cerrar heridas. Pero el partido no ofrecía caminos limpios. Apenas un remate a puerta, una producción ofensiva mínima y demasiadas carreras hacia atrás. Cuando A. Al Ammari y M. Doski vieron amarilla en el tramo final, más que agresividad se leía cansancio, esa frustración que aparece cuando el rival te obliga a defender incluso tus últimos metros de orgullo.
Senegal todavía tenía una última firma guardada. I. Ndiaye marcó el quinto y terminó de redondear una actuación que fue amplia en el marcador y también en la sensación. El dato de los goles esperados, 3.10 para Senegal contra 0.18 de Iraq, explica una parte; el resto lo contó el campo, donde cada pase africano parecía acercar el final y cada intento iraquí nacía con poco oxígeno.
No fue solo una victoria grande. Fue un partido tomado desde el primer golpe, gobernado sin prisa y cerrado sin piedad. Senegal no encontró una puerta abierta: la derribó.

