Tijuana hizo de una rendija una victoria ante Tigres
Con un solo disparo a puerta y una resistencia cada vez más áspera, Club Tijuana derrotó 1-0 a Tigres en el Clausura de Liga MX.

Hay partidos que no se explican por volumen, sino por puntería. Tijuana encontró una rendija, metió la pierna, cerró la puerta y pasó el resto de la noche empujándola con el hombro. Tigres tuvo más balón, más llegadas, más presencia en campo rival. Tijuana tuvo algo más escaso: el golpe exacto.
La diferencia apareció temprano, cuando el partido todavía buscaba su temperatura. Kevin Castañeda cazó el momento y convirtió el único disparo a portería de los locales en una ventaja que terminó pesando como una losa. Fue un gol de esos que cambian el aire. No porque Tijuana se volviera dueño del juego, sino porque le dio permiso para jugar otro partido: uno menos vistoso, más incómodo, hecho de recorridos largos, cortes a tiempo y nervio defensivo.
Tigres, obligado por el marcador, cargó el trámite hacia adelante. Tuvo la pelota durante buena parte de la noche y la movió con más limpieza, pero se fue topando con un rival que aceptó sufrir sin maquillarlo. La visita remató más, pisó el área con insistencia y obligó al arquero de Tijuana a trabajar cinco veces. Ahí estuvo buena parte de la historia: cada intento felino encontraba una mano, un cuerpo, una salida apurada o ese último metro donde se separan los puntos de los lamentos.
El descanso trajo movimiento en las dos bancas. Tigres metió piezas para ensanchar el ataque y buscar otro ritmo, mientras Tijuana ajustó para sostener lo que ya tenía. Después apareció Juan Brunetta en la visita, más tarde más cambios, más empuje, más gente cerca del área. El partido se fue inclinando, no en el marcador, sí en la sensación. Tijuana dejó de mirar tanto el arco contrario y empezó a mirar el reloj.
Y cuando un equipo mira el reloj demasiado pronto, el partido se vuelve áspero. Las faltas cortaron la continuidad, las tarjetas empezaron a caer y el minuto 71 dejó esa fotografía de tensión repartida: amarillas para ambos lados, gestos de fastidio, piernas que llegaron tarde y un juego que ya no pedía pausa, sino control emocional. Tijuana acumuló amonestados como quien acumula advertencias en una cornisa, pero siguió en pie.
El dato parece casi absurdo: seis remates locales, apenas uno entre los tres palos, y ese uno fue suficiente. Tigres, con trece intentos y siete tiros de esquina, se marchó contra el muro. También contra su propia ansiedad. Porque la posesión no siempre abre candados; a veces solo sirve para contar cuántas veces se intentó entrar por la misma puerta.
En el tramo final, Tijuana defendió con todo lo permitido y un poco de angustia. Hubo amarillas tardías, cambios para arañar segundos y una resistencia que ya no pretendía ser elegante. No tenía por qué serlo. El Clausura también se juega en estas noches donde el mérito no está en brillar, sino en aguantar sin romperse.
Tigres se fue con la sensación de haber hecho más para no perder. Tijuana se quedó con la certeza que vale en la tabla: cuando solo tienes una bala, más te vale no fallar.
