Colombia aprendió a sufrir antes de acelerar
Uzbekistán le puso una trampa de paciencia a Colombia, pero la Selección respondió al empate con carácter y cerró su estreno mundialista con autoridad.

El partido empezó con una advertencia, no con una promesa. A los pocos minutos, Johan Mojica ya cargaba una amarilla y Colombia entendía que el estreno en el Mundial no iba a abrirse con alfombra roja. Uzbekistán no salió a contemplar el escenario: mordió, cerró caminos, ensució lo necesario y obligó a la Selección a jugar con la cabeza fría cuando las piernas pedían prisa.
Colombia tuvo la pelota durante largos tramos, pero no siempre tuvo el aire. Moverla era una cosa; encontrar la grieta, otra. La circulación, limpia en números y paciente en intención, chocaba contra un rival que reducía espacios y aceptaba vivir lejos del balón. Ese 61% de posesión colombiano no fue dominio de postal, sino un ejercicio de insistencia. Había que empujar sin desordenarse, tocar sin dormirse, atacar sin regalar una transición.
En ese pulso apareció Daniel Muñoz. Su gol, cerca del descanso, tuvo valor de llave. No rompió el partido de inmediato, pero sí cambió el ánimo. Colombia se fue al entretiempo con la ventaja y con la sensación de haber resuelto la parte más incómoda del examen: abrir a un rival que no concedía nada gratis. Uzbekistán, que ya había visto una amarilla en Akhmadali Khusanov, necesitaba algo más que resistencia.
Lo buscó desde el vestuario. Movió piezas al descanso y salió con otra energía, más decidido a disputar metros y a convertir el partido en una pelea menos cómoda para Colombia. La recompensa llegó con Abbosbek Fayzullaev, que empató y encendió una duda real. No fue un accidente decorativo: Uzbekistán, con poco, había encontrado una forma de herir. Apenas tuvo un par de remates a puerta en toda la noche, pero uno bastó para recordarle a Colombia que en un Mundial la superioridad se debe confirmar cada minuto.
Ahí estuvo el punto de quiebre. Hay equipos que reciben el golpe y se miran entre sí buscando culpables; Colombia lo recibió y aceleró. Cinco minutos después, Luis Díaz devolvió el mando. Su gol tuvo algo de respuesta emocional y algo de jerarquía: el tipo de intervención que separa una noche peligrosa de una victoria trabajada. El empate uzbeko había abierto una grieta psicológica; Díaz la cerró de un portazo.
Desde entonces, Colombia jugó con más filo. Sus ataques ya no parecían tanteos, sino entradas al área con convicción. No necesitó convertir el partido en vendaval, pero sí dejó claro en el campo que tenía más recursos, más piernas y más amenaza. Los cambios fueron acomodando el cierre, con nombres pesados moviéndose desde la banca y una administración más madura del reloj. Uzbekistán intentó estirarse, aunque cada salida le costaba más.
El último golpe llegó cuando el partido ya olía a sentencia. Jhon Campaz puso el tercero en el minuto final y le dio al marcador una forma más cercana a lo que había sido el trámite: Colombia atacó más, pisó más el área y terminó cobrando su insistencia. No fue una noche perfecta ni una exhibición redonda, pero sí un estreno de esos que enseñan algo útil.
Colombia ganó porque supo esperar, porque no se rompió con el empate y porque tuvo colmillo cuando el partido pidió colmillo. En el Mundial, eso pesa. La belleza puede esperar; el carácter no.

