Colombia encuentra la rendija y rompe el muro de Congo DR
Colombia insistió hasta que D. Muñoz abrió un partido trabado ante Congo DR en la segunda jornada de la fase de grupos del World Cup.

La noche parecía diseñada para medir la paciencia de Colombia. No la puntería, no el volumen, no la voluntad de ir. La paciencia. Congo DR se plantó con una idea áspera y honesta: cerrar caminos, ensuciar los ritmos, convertir cada avance colombiano en una negociación lenta. Durante muchos minutos, el partido tuvo esa tensión de puerta cerrada por dentro, con Colombia golpeando una y otra vez sin encontrar la llave.
El equipo colombiano tomó la pelota como quien asume una responsabilidad. La movió mucho, casi siempre con limpieza, y fue empujando a Congo DR hacia su área. No era dominio decorativo: llegaron remates, centros, rechaces, segundas jugadas. Veinte intentos hablan de insistencia, pero los números por sí solos no cuentan la ansiedad que se fue acumulando cada vez que el balón salía desviado, era bloqueado o terminaba en las manos del arquero rival. Congo DR sobrevivía también por eso: su guardameta tuvo una noche de trabajo pesado, con ocho atajadas que mantuvieron el partido en una cornisa.
Había algo incómodo en el control colombiano. Tenía el balón, sí, pero también caía en la trampa de la prisa. Los siete fuera de lugar dejaron pistas de un equipo que quería romper demasiado pronto, como si cada pase filtrado pudiera borrar de una vez el muro que tenía enfrente. Congo DR no necesitó demasiado la pelota para sostener su plan. Apenas encontró una vez el arco colombiano, pero cada despeje, cada falta, cada pausa le servía para estirar la resistencia y mover el reloj a su favor.
El segundo tiempo trajo manos desde los banquillos. Congo DR movió primero, luego volvió a tocar piezas, buscando piernas frescas para sostener el candado. Colombia respondió con cambios que intentaron darle otra textura al ataque. La amarilla de J. Lucumí, poco antes de la hora, recordó que el partido también se jugaba en el borde del fastidio. Nada estaba limpio, nada fluía del todo. Y precisamente por eso el gol, cuando llegó, tuvo valor de desahogo.
A los 76 minutos, D. Muñoz encontró la rendija que Colombia llevaba toda la noche persiguiendo. No hizo falta que el partido se abriera de golpe ni que apareciera una avalancha posterior. Bastó ese golpe para cambiar el aire. Colombia pasó de buscar con urgencia a administrar con los nervios propios de quien sabe que ha conseguido algo difícil. Entró J. Arias enseguida, Congo DR agotó recursos con S. Moutoussamy, y el cierre se volvió más de oficio que de brillo.
En el minuto final aparecieron las tarjetas para C. Pickel y J. Lerma, como firma de un duelo que nunca terminó de soltarse. Colombia ganó por la mínima, pero no fue una victoria pequeña: fue una de esas que se arrancan con insistencia, contra un rival que obligó a trabajar cada metro. En una fase de grupos, hay partidos que se recuerdan por su belleza y otros por su peso. Este fue de los segundos. Colombia no rompió la puerta; la desgastó hasta que cedió.

